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La ciberpornografía es un delito de fácil accesibilidad y rápida divulgación. Cualquier niño es vulnerable ante este tipo de delitos, pero ¿podemos contribuir los padres a que nuestros hijos sean víctimas? La respuesta es sí.

Hoy en día vivimos en una realidad social de ciberadictos, exhibimos nuestra vidas en las redes, especialmente compartimos las experiencias que nuestros retoños van adquiriendo en su crecimiento. Nuestro egoísmo por unos cuantos “like” en facebook nos lleva a presentar a nuestro mundo virtual los primeros pasos de nuestros hijos, su primer balbuceo, las escapadas de vacaciones, sus travesuras y un sinfín de aventuras de su día a día.

Morphing infantilEl morphing es una técnica de efectos especiales que utiliza programas informáticos para transformar un objeto real en la imagen fotográfica de otro objeto. Esto supone que la cara de nuestro hijo puede ser transformada para exponerla en actitudes o poses con carácter sexual. Por ese motivo uno de los consejos que se recomienda es que los menores no sean fotografiados de cara, o cuerpo en primer plano, ya que de esta forma complicamos la manipulación de las fotos.

Con un acceso tan sencillo a cualquier información que circule por la red, las fotografías de nuestros hijos, que creíamos compartir con nuestros amigos virtuales, se convierten en un blanco fácil en el mercadeo de la pornografía infantil. En el morphing no se utiliza realmente al menor sino que se abusa de su imagen o voz manipulándola. Así de simple, con una foto de un menor inocente en el facebook se puede generar otra que puede ser objeto de un tipo penal como es la pornografía infantil virtual o técnica.

¿Tenemos la culpa de que esto ocurra? No, pero hemos dejado abierta la puerta de casa y no estábamos en ella, por lo que el delincuente lo ha tenido muy fácil para entrar. Cuando se sube información a la red por cualquier medio se pierde el control de ella y se deja un resquicio al uso ilícito de nuestros contenidos.

Cuando los menores crecen, muchos de ellos, van adquiriendo un sentimiento de vergüenza de su exposición pública a aspectos de su vida privada. Por ejemplo, no quieren llegar al colegio y que sepan lo que ha hecho durante el fin de semana. Esto hay que respetarlo porque van conformando su identidad personal y no quieren tener un perfil público de su vida.

¿Cómo controlamos lo que nuestros hijos suben a la red? Empezando por controlar lo que subimos nosotros. Los menores son más vulnerables a facilitar sus datos personales o exhibir comportamientos inadecuados en la red cuando han normalizado, desde pequeños, la exhibición de sus actos generada por sus padres. Este hecho hace que perdamos cualquier autoridad frente a ellos, de manera que, cuando quieren subir, por ejemplo, fotos en bikini o chatean, no valoran los riesgos asociados ante el mercadeo de su vida privada. Contradecirles o prohibir algo que nosotros hemos hecho a lo largo de sus 12 años de vida nos llevará a roces innecesarios y que éstos nos cierren el acceso a sus redes virtuales.

El derecho de privacidad de los niños implica una ley básica en la red de la información: si es privado, no lo publiques.

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